miércoles, 5 de noviembre de 2014

Caramelos ácidos

¿Quién te guiona la vida? Ayer me pareció que la mía era un mamarracho, que la habían escrito borrachos Capusotto y el Raví Shankar.
—El Raví no puede beber. — me corrige el libro de Historia que tengo entre las manos. Se pone serio y me da un sermón, y después se abre en una página que habla de batallas perdidas y me dice que la tengo que leer. 
—Más allá de que mañana tengas exámen, la batalla de Cepeda la debería entender cualquiera — Me comenta el resaltador. 
Desde anteayer que charlo con ellos. 
Desde que vi en Internet su foto mostrando un nuevo amor. 
— Si esta fuera otra época no te habrías enterado — Acota el cable de un cargador de teléfono que estaba sobre la mesa. 
— Eso es cierto, le contesto. La hubiera amado en secreto un rato más, pensando que volvería, y hubiera sido peor la caída.
— Cuando la vecina de la esquina te contara que se casó, y te mostrara la invitación de la boda — Me dice una lapicera que se asoma de entre el espiral de un anotador que la tiene atrapada. 
—¿Estar atada a él no te ahoga? — Le pregunto yo. Porque me están cansando con tanto interrogatorio.
—A veces molesta, pero qué sería de la vida de una lapicera sola.
—Escribirías sin importar donde.
—Hasta que me prestaran a cualquiera, me olviden y me tiren en un cajón. 
Miro de reojo a la pantalla de la computadora. Todavía, en una pestaña, tengo su Facebook abierto. La pantalla parpadea, como si me hiciera ojitos, y no dice nada. La odio. 
—La abriste vos solito. — Me dice el libro. 
—¿Qué va a hacer la pobre? ¿Reiniciarse sóla para que no te enteres que sos tan gil? — Cancherea el cable del cargador. 
—Confiá en mi, que he visto cosas peores. — Me insiste la birome. — Las cartas tristes que escribía mi abuela no tienen nada que ver con estos desamores de whatsapp. 
El libro arranca otro sermón y ya casi me parece mejor terminar de leer cómo se conformó el estado argentino que seguir escuchándolos. Arriba de la mesa quedan un par de objetos que todavía no dijeron nada. 
Hay un puñado de caramelos, los miro y me miran, brillantes, sin decir palabra. Uno de uva me mira intenso, como diciéndome "yo te lo advertí". Lo dejo adentro del libro marcando un segundo la página, mientras me voy a servir un vaso de agua. Cuando vuelvo, me marca un renglón. Dice algo de que "Buenos Aires, derrotada, se reintegra a la confederación". ¿Y yo derrotado a donde volveré? 
Ese caramelo, que se acuerda quién vivía a la vuelta del quiosco donde lo compré, sabe la respuesta. Me mira como diciéndome que no lo haga de nuevo.

Y después me lo como. 

Tamara

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